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Los secretos curativos del sol. Parte 4

Los secretos curativos del sol

Qué es lo que hace que el Sol sea tan «peligroso»:
la relación con la grasa

La luz solar produce más beneficios en las personas que siguen una dieta equilibrada, acorde con sus necesidades y su tipo corporal. Los baños de sol pueden ser peligrosos, en cambio, para quienes lleven una dieta rica en alimentos acidificantes y altamente procesados, y abundante en grasas refinadas o productos fabricados con ellas. El alcohol, el tabaco y otras sustancias que diezman las vitaminas y los minerales, así como los medicamentos alopáticos y las drogas alucinógenas, pueden hacer que la piel sea muy vulnerable a la radiación ultravioleta. Concretamente, las grasas poliinsaturadas, como las que contienen los productos refinados de los que se ha eliminado la vitamina E, como los aceites vegetales refinados, la mayonesa, las salsas preparadas y la mayoría de las margarinas, agravan el riesgo de sufrir cáncer de piel y de la mayoría de los demás tipos de cáncer. Según la publicación Archives of Internal Medicine, de 1998, las grasas poliinsaturadas incrementan un 69 % el riesgo de las mujeres de sufrir cáncer de mama. Por el contrario las grasas monoinsaruradas, como las que contiene el aceite de oliva, reducen ese riesgo un 45 %.

Los aceites sin procesar, prensados, contienen ambos tipos de grasas en diferentes grados. Los dos tipos de grasa son útiles para el organismo. El aceite de sésamo, por ejemplo, tiene un 50 % de grasas poliinsaturadas y un 50 % de grasas monoinsaturadas. Cuando las grasas monoinsaruradas se eliminan del aceite durante el proceso de refinado, las grasas poliinsaturadas se tornan altamente reactivas y dañan las células.

Este fenómeno es muy fácil de entender. Las grasas poliinsaturadas son más sensibles a la peroxidación lipídica (se vuelven rancias con mayor facilidad) que las monoinsarutadas. En otras palabras, atraen rápidamente a un gran número de radicales libres de oxígeno y se oxidan. Los radicales del oxígeno se generan cuando las moléculas de oxígeno pierden un electrón, lo que hace que resulten altamente reactivas. Esos radicales libres pueden pasar rápidamente a atacar y dañar las células, los tejidos y los órganos. Pueden formarse en las grasas poliinsaturadas refinadas cuando éstas se exponen a la luz solar antes de su consumo. Los radicales libres se pueden formar también en los tejidos después de haberse ingerido el aceite. Las grasas poliinsaturadas de los aceites refinados son difíciles de digerir, pues carecen de su fibra natural y ya no cuentan con su protector natural contra los radicales libres, La vitamina E, un potentísimo antioxidante (la vitamina E interfiere en el proceso de oxidación). Esta vitamina, junto a muchos otros nutrientes valiosos, se extrae y se destruye durante el proceso de refinado. Una hamburguesa y unas patatas fritas inundan el organismo de radicales libres, pues ambas cosas se cocinan con aceites refinados. Calentar esos aceites hace que se incremente la oxidación y, por consiguiente, provoca daños en los tejidos.

La mayoría de la gente ignora qué sucede con el aceite una vez se extrae de La semilla o del fruto. A fin de alargar la vida del aceite, clarificarlo y eliminar su olor original, se baña en un disolvente de petróleo, se «desgoma» o coloca en agua caliente y se centrifuga para separar diversas sustancias. Para refinarlo, el aceite se mezcla con una sustancia alcalina, como lejía o soda cáustica; después se agita, se calienta de nuevo, se blanquea, se hidrogena para estabilizarlo y, finalmente, se desodoriza. Para que dure más tiempo los fabricantes añaden conservantes y otros aditivos. Si bien todo el proceso prolonga la duración del aceite, no impide que se vuelva rancio antes de su fecha de caducidad. Los tratamientos químicos a los que se somete el aceite enmascaran los efectos de la ranciedad, lo que hace que esos aceites resulten muy peligrosos para el confiado consumidor.

Las grasas saturadas son sólidas y se encuentran en productos como la manteca y la mantequilla. Contienen grandes cantidades de antioxidantes naturales, por lo que son más seguras contra la oxidación provocada por los radicales libres. También se digieren con gran facilidad. Las grasas poliinsaturadas de los aceites refinados (desprovistas de sus grasas monoinsaturadas), por otro lado, son prácticamente indigeribles y, por consiguiente, peligrosas para el cuerpo. La margarina, por ejemplo, se diferencia del plástico tan sólo por una molécula, por lo que resulta extremadamente difícil de digerir. Los radicales libres, limpiadores naturales del cuerpo, intentan acabar con el intruso grasiento que se adhiere a las paredes de las células, pero cuando los radicales destruyen esas grasas dañinas, dañan también las paredes celulares. Esto se considera una de las principales causas del envejecimiento y de las enfermedades degenerativas. Además, nos muestra cómo algo tan necesario como los radicales del oxígeno pueden llegar a ser dañinos si exponemos el cuerpo a sustancias químicas y a alimentos artificiales.

Diversas investigaciones han demostrado que de cada 100 personas que consumen grandes cantidades de grasas poliinsaturadas, 78 muestran notables signos clínicos de envejecimiento prematuro, y también tienen un aspecto mucho más envejecido que otras personas de la misma edad. Por el contrario, en un reciente estudio sobre la relación entre las grasas de la dieta y el riesgo de contraer la enfermedad de Alzheimer, los investigadores se sorprendieron al descubrir que las grasas naturales pueden llegar a reducir realmente el riesgo de sufrir esa enfermedad hasta en un 80 %; el estudio demostró que el grupo con el índice más bajo de Alzheimer consumía aproximadamente 38 g diarios de esas grasas saludables, mientras que los miembros del grupo más propenso a la enfermedad consumían tan sólo la mitad de esa cantidad.

Las células de los tejidos dañadas por una actividad anormal de los radicales libres son incapaces de reproducirse como es debido, de manera que las funciones principales del organismo se reducen, entre ellas las de los sistemas inmunológico, digestivo, nervioso y endócrino. Desde que durante y después de La Segunda Guerra Mundial se introdujo a gran escala el consumo de grasas refinadas poliinsaturadas, las enfermedades degenerativas han aumentado de modo alarmante, y el cáncer de piel es una de ellas. De hecho, las grasas poliinsaturadas han hecho que la luz solar resulte «peligrosa», algo que nunca hubiera ocurrido si los alimentos no se hubieran alterado y manipulado como ocurre en la actualidad. Cuando se eliminan las grasas poliinsaturadas de los alimentos en los que se encuentran, necesitan ser refinadas, desodorizadas, e incluso hidrogenadas, según el alimento para el que se vayan a usar. Durante este proceso, algunas de las grasas poliinsaturadas experimentan transformaciones químicas, convirtiéndose en ácidos grasos trans (grasas trans), a menudo llamados «aceites vegetales hidrogenados». La margarina puede llegar a tener hasta un 54 % de ellas y las grasas vegetales hasta un 58 %.

Las etiquetas de los alimentos informan si los aceites vegetales están hidrogenados. La mayoría de los alimentos procesados los contienen, entre ellos el pan, las tostadas, las patatas fritas, los donuts, las galletitas saladas, los dulces, la repostería industrial, toda la bollería, los pasteles y los dulces glaseados, las comidas preparadas congeladas, las salsas, las verduras congeladas y los cereales para el desayuno. Dicho de otro modo: prácticamente todos los alimentos que se almacenan, procesan, refinan, conservan y no son frescos suelen contener grasas trans. Estas grasas inhiben la capacidad de las células de utilizar el oxígeno, que es necesario para quemar los nutrientes y convertirlos en dióxido de carbono y agua. De este modo, Las células, incapaces de completar su proceso metabólico, pueden tornarse cancerosas. (La tendencia actual a eliminar las grasas trans de los alimentos no hace más que sustituir una grasa dañina por otra grasa igual de dañina, elaborada artificialmente. A todos los efectos prácticos, las nuevas grasas producidas artificialmente no son mejores que las viejas grasas trans.)

Las grasas trans también contribuyen a espesar la sangre al aumentar la adherencia de las plaquetas. Esto multiplica el riesgo de que se formen coágulos de sangre y se creen depósitos de grasa, lo que puede provocar una cardiopatía. Las investigaciones llevadas a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, donde se observaron durante ocho años los hábitos alimenticios de 85.000 mujeres, demostraron que aquellas que habían tomado margarina corrían un mayor riesgo de sufrir enfermedades coronarias. Estudios posteriores han mostrado que los ácidos grasos trans impiden que el organismo genere lipoproteína de baja densidad (LDL), el llamado colesterol malo, y de ese modo el colesterol en sangre aumenta a niveles anómalos. Un estudio galés vinculaba la concentración de esas grasas trans artificiales en la grasa corporal con la muerte por fallo cardíaco. El gobierno holandés ha prohibido ya cualquier producto que contenga ácidos grasos trans.

Se ha demostrado, asimismo, que las grasas poliinsaturadas acaban con la Inmunidad. Por esa razón, hoy en día se utilizan en pacientes a los que se les ha trasplantado un riñón o que han recibido injertos de piel de otros individuos. De este modo se ayuda a que el paciente receptor no rechace el tejido extraño, pero, claro está, eso le deja vulnerable ante cualquier infección y enfermedad. El mismo procedimiento se lleva a cabo en el caso de las llamadas enfermedades autoinmunes, en las que el sistema inmunológico intenta acabar con las células del propio organismo, es decir, con aquellas que se han vuelto tóxicas y constituyen un riesgo para la supervivencia del cuerpo. La tragedia de todo esto es que estos tratamientos no modifican los índices de mortalidad globales; sólo cambia la causa de la muerte. La moraleja es que si una persona no quiere dañar o destruir su sistema inmunológico no debe tomar grasas y aceite refinados y alterados industrialmente.

Lo que realmente daña y quema la piel

Una persona que consume en su dieta grasas poliinsaturadas y expone la piel a los rayos ultravioleta hasta enrojecer produce unas sustancias de tipo hormonal llamadas prostaglandinas a partir del ácido linoleico contenido en las grasas. Las prostaglandinas acaban con el sistema inmune, lo que contribuye al desarrollo de tumores. Además, las grasas poliinsaturadas vienen acompañadas de la producción de radicales libres, que pueden causar estragos en las células. Si se añade crema de protección solar a la piel, se consigue la combinación química idónea para producir cáncer de piel, especialmente en las zonas más expuestas al sol.

En la naturaleza, los aceites nunca se producen en grandes cantidades. Para obtener una cucharada de aceite de maíz natural habría que ingerir de 12 a 18 mazorcas de maíz. Desde que la extracción de aceite del maíz y de otros cereales y semillas devino posible hace 80 o 90 años, el consumo de las grasas poliinsaturadas e insaturadas (aceites más densos) para aderezar las ensaladas y cocinarse ha incrementado enormemente en el mundo industrializado. Actualmente, una persona consume diariamente como promedio 16 veces más grasas de este tipo que las que consumía un individuo hace 90 años.6 Y ello sin contar todas las demás grasas que contienen hoy en día los alimentos. La falta de ejercido, de aire fresco y de alimentos ricos en nutrientes hace que el ser humano tenga menos capacidad para digerir semejante cantidad de grasas artificiales. La consecuencia es el deterioro del aparato digestivo y la acumulación de toxinas con las consiguientes crisis tóxicas. La presencia de una cantidad excesiva de radicales libres indica que el cuerpo está repleto de toxinas. Una vez que penetran en los tejidos que forman la piel, basta una breve exposición a la luz ultravioleta del Sol para quemar y dañar las células de la piel.

Si los ojos y la piel de una persona son sensibles a la luz solar, indica que el organismo está intoxicado. El consiguiente esfuerzo por evitar el sol puede acabar en una seria deficiencia lumínica, abriendo la puerta a graves problemas de salud. El hecho de que todos los tipos de cáncer de piel hayan aumentado a partir de la utilización de las cremas de protección solar no tiene nada de extraño. Los rayos ultravioleta que penetran en los ojos estimulan, asimismo, el sistema inmunológico. En la actualidad, más del 50 % de la población norteamericana utiliza gafas, bien para corregir la vista, bien para protegerse del sol, que impiden el paso de la mayor parte de la luz ultravioleta. La última moda es llevar gafas de plástico, que también captan todos los rayos UV. Lo mismo sucede con las lentes de contacto de plástico. La vida sedentaria, Los protectores solares, la ropa, las ventanas que repelen la luz ultravioleta, etc. hacen que recibamos dosis muy reducidas de estos rayos. Ahora bien, sin una exposición regular al sol, la actividad inmunológica decrece cada año. La luz solar hace que aumente el consumo de oxígeno en los tejidos corporales, pero sin ella nuestras células empiezan a pasar hambre de oxígeno, lo que precipita la disfunción celular, al envejecimiento prematuro e incluso a la muerte.

Famélicos de sol, solemos buscar ayuda en otra parte, aun cuando la naturaleza siempre está dispuesta a ayudarnos. Es una verdadera desgracia que los enfermos estén casi siempre encerrados entre cuatro paredes, a menudo con las cortinas corridas y las ventanas cerradas. Uno de los poderes curativos y preventivos más potentes de la naturaleza está al alcance de todo aquel que quiera aprovecharlo.

Consejos para incrementar la exposición al sol

Si alguien desea beneficiarse del Sol, pero no dispone de mucho tiempo para permanecer al aire libre, existen diversas maneras de aumentar la exposición solar:

  • Instalar ventanas con cristales que dejen pasar la luz UV.
  • Disponer del máximo número posible de ventanas
  • Según el tiempo que haga y la estación del año, mantener las ventanas abiertas
  • Instalar tantas lámparas de espectro completo como sea posible (es la mejor alternativa a la luz solar natural)

Las personas que viven en un lugar de clima benigno pueden tomar baños de sol regularmente. En verano, es mejor evitar el sol de las 10 a las 15 horas, mientras que en invierno, primavera y otoño también se puede tomar durante esas horas. En invierno se puede tomar el sol si uno se rumba en un lugar protegido del viento. Puede instalarse una zona para tomar baños de sol que esté junto a un muro bien soleado. Los muros laterales deberán ser de un material que sirva de cortavientos. La pared que dé al sol deberá tener un ángulo inclinado a fin de que los rayos solares más bajos del invierno lleguen a la zona en cuestión. Otra opción, quizás más práctica, es abrir una ventana un día soleado sin viento. Es algo que yo he hecho muchas veces en mi vida, incluso en países con inviernos muy fríos.

Cuando, por algún motivo, alguien tenga que estar expuesto al sol durante un período demasiado prolongado, puede aplicarse en la piel gel de aloe vera, aceite de coco o aceite de oliva.

Para maximizar los beneficios y para eliminar la grasa natural, lo mejor es darse una ducha antes de tomar el sol. El tratamiento solar debe iniciarse preferentemente tomando el sol en todo el cuerpo (si es posible) durante unos minutos y después se irá aumentando unos minutos más cada día hasta llegar a un tiempo de 20 a 30 minutos. Como alternativa, caminar al sol de 40 a 60 minutos varias veces a la semana tiene efectos similares. Esto proporciona al organismo la suficiente luz solar para mantener sanos el cuerpo y la mente, siempre que se sigan las medidas básicas de llevar un estilo de vida y una dieta equilibrados y de realizar las rutinas descritas en capítulos anteriores. El cuerpo puede almacenar una cantidad determinada de vitamina D que puede durar de 4 a 6 semanas en tiempo invernal, pero es bueno «recargar las pilas» de vitamina D siempre que sea posible tomando el sol directamente.

Nota: hay que evitar las lámparas solares, las cabinas y las camas bronceadoras. Según un estudio publicado en el International Journal of Cancer (tomo 120, n.º 5, 1 de marzo de 2007; 1116-1122), el uso de las cabinas bronceadoras antes de los 35 años de edad incrementa un 75 % el riesgo de sufrir un melanoma. En la actualidad, mucha gente joven utiliza esas cabinas, lo cual puede explicar el reciente y alarmante aumento de melanomas a edades relativamente tempranas. Existe también una conexión entre las camas bronceadoras y el carcinoma celular escamoso, un tipo de cáncer de piel menos agresivo. Los sistemas de bronceado convencionales de esas camas utilizan lastres magnéticos que emiten potentes campos
electromagnéticos (CEM), responsables del desarrollo de tumores cancerosos. Su elevada concentración de rayos UVA también puede influir en este proceso. Los lastres electrónicos son más seguros que los magnéticos, pero hay pocos centros de estética que los usen.

La antigua costumbre de contemplar el Sol

La energía solar es la fuente que potencia el cerebro. Penetra en el cuerpo a través de los elementos aire, agua, fuego y tierra. La manera más fácil y directa que tiene la luz solar de entrar y salir del organismo humano es a través del ojo humano, siempre y cuando no se filtre mediante lentes coloreadas. La contemplación del Sol es una antigua costumbre que puede llegar a sanar el cuerpo y la mente.

Los ojos son órganos muy complejos, constituidos por cinco mil millones de partículas. Al igual que una lente fotográfica, el ojo humano puede descomponer el espectro solar en rayos de diferentes colores. En una cámara fotográfica, los diversos rayos de luz reaccionan con las sustancias químicas del papel y codifica las fotografías que se toman. Del mismo modo, al entrar en la glándula pineal, los diferentes rayos se codifican químicamente en el cerebro y de allí pasan a los órganos y sistemas del cuerpo. Los órganos vitales del cuerpo dependen de colores concretos del espectro lumínico. Las células renales, por ejemplo, necesitan luz roja para funcionar adecuadamente. Las células del corazón necesitan luz amarilla, y las células del hígado, luz verde. La deficiencia lumínica en cualquiera de los órganos y sistemas corporales puede desencadenar una enfermedad. Contemplar directamente el Sol de modo regular puede devolver a todas las células del organismo su equilibrio y su eficiencia.

El Sol solamente debe contemplarse por la mañana o por la tarde, entre una o dos horas después del amanecer y poco antes del ocaso. Hay que mirar la salida o la puesta de Sol una vez al día. El primer día debe mirarse al Sol relajadamente durante un máximo de 10 segundos. El segundo día, se mirará durante 20 segundos, y cada día se irán añadiendo diez segundos sucesivamente. Después de observar el Sol diez días seguidos, se podrá mirar durante 100 segundos. Se puede parpadear, no es necesario mirar fijamente.

Para obtener los máximos beneficios de la contemplación del Sol, hay que ir aumentando la duración del modo descrito hasta llegar alcanzar los tres meses de este ejercicio diario. Ello significará que se ha conseguido contemplar el Sol durante 15 minutos seguidos. En ese período, la energía solar de los rayos cruza el ojo humano y carga el tracto del hipotálamo, el conducto que conduce de detrás de la retina al cerebro. Puesto que el cerebro recibirá más energía a través de esa vía, se percibirá una importante reducción de las tensiones mentales y de las preocupaciones. Al acceder a esta fuente adicional de energía, se podrá desarrollar una conciencia más positiva y una mayor confianza en uno mismo. La persona que sufre ansiedad y depresión advertirá que esas dolencias desaparecen. Se sabe que la tristeza y la depresión aumentan cuando se reduce o falta la luz solar. Al tener menos preocupaciones y miedos, el cerebro aprovecha la energía adicional adquirida para curar y mejorar el bienestar físico y mental. Uno de los beneficios más señalados de la contemplación continuada del Sol es la mejora de la vista.

Me gustaría concluir este importante tema de la luz solar con la observación que hizo un lector en el aeropuerto de Sydney:
«Hace algunos años, mientras esperaba un vuelo para salir de Sydney, estuve en el aeropuerto durante varias horas. En ese tiempo llegaron muchos vuelos, y se veía una gran diferencia en la cara de la gente que acababa de llegar. Los que venían de un lugar más frío (con poco Sol) no sonreían, no parcelan felices y se mostraban muy reservados; los que procedían de zonas más cálidas y soleadas de Australia, irradiaban simpatía y calor, y eso se reflejaba en sus rostros. Es algo que nunca olvidaré. Así que, ya ve lo que el Sol proporciona a las personas…»
Roger Sorokoput.

6. Al aparato digestivo le resulta más fácil digerir aceites extraídos de alimentos cuya concentración de aceite es mayor, como aceitunas, cocos, aguacates, etc., que no el que contienen los frutos secos y las semillas, como las almendras y la linaza.

[divider]Leer la primera parte de Los secretos curativos del sol. Parte 1.

[divider]Fuente: Libro “Los secretos eternos de la salud” de Andreas Moritz. Ediciones Obelisco. Capítulo 8 págs. 350 a 375.

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