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Los secretos curativos del sol. Parte 2

Siempre han existido profesionales de la salud que no han compartido la teoría de que el sol acarrea enfermedades mortales. Ahora incluso algunas de las más altas autoridades en el campo de la salud defienden la verdad a pesar de las exacerbadas críticas de sus colegas. En un artículo publicado en el New York Times, en agosto de 2004, un prestigioso dermatólogo, el doctor Bernard Ackerman (reciente ganador del Master Award de la Academia de Dermatología de Estados Unidos) cuestionaba la presunción comúnmente aceptada de que existe un vínculo entre la luz solar y el melanoma. Según el doctor Ackerman, quien en 1999 fundó el centro de formación de dermopatología más grande del mundo, no existe prueba alguna de que la exposición a la luz solar provoque melanomas. A fin de confirmar su argumentación. cita un artículo publicado recientemente en Archive of Dermatology, en el que se llega a la conclusión de que no está demostrado en modo alguno que los filtros protectores solares prevengan el melanoma, como han estado afirmando falsamente la archimillonaria industria de cremas de protección solar y la clase médica establecida durante décadas.

El doctor Ackerman no se limita a exponer el engaño al que se había estado sometiendo a la población durante décadas, sino que además pone en duda el aumento de la incidencia de casos de melanoma que la clase médica dominante insiste en afirmar. Ackerman señala que la ampliación de la definición del diagnóstico del «melanoma» ha permitido que exista un número de síntomas mucho mayor que son calificados ahora de enfermedad mortal en comparación con tan sólo treinta años antes. El melanoma ha adquirido proporciones de epidemia en gran medida debido a manipulaciones estadísticas. En otras palabras, si en la actualidad se hiciera el mismo diagnóstico que se hacía hace treinta años, los casos de melanoma habrían aumentado de modo insignificante.

Además, este respetado médico retó a la clase médica a explicar por qué casi Todos los casos de melanoma que se producen en ciertas poblaciones humanas (negros africanos, asiáticos y sudamericanos) aparecen en zonas del cuerpo que casi nunca se exponen a la luz solar, zonas como las palmas de las manos, las plantas de los pies y las membranas mucosas.2 ¿No deberían plantearse médicos y pacientes a un tiempo por qué incluso en las personas de piel clara las zonas del cuerpo donde aparecen más los melanomas (las piernas en las mujeres y el tronco en los hombres) se exponen mucho menos a la luz de solar que otras? Para expresarlo gráficamente, partiendo de ésta y otras pruebas, la mejor manera de evitar el melanoma es irse a vivir a un lugar con una mayor concentración de rayos UV, un lugar en el trópico o en una región montañosa, y ¡hacerse nudista! Dado que la luz solar refuerza el sistema inmunológico, de paso se vería que tal mudanza sería de gran ayuda para otros muchos problemas de salud que puede estar uno padeciendo. Como es lógico, todos estos datos plantean la cuestión de cuál es la causa real del cáncer de piel. Puede que la respuesta sea una gran sorpresa para el lector.

El cáncer de piel causado por las cremas de protección solar

EL sol es completamente inofensivo a menos que expongamos nuestro cuerpo durante prolongados períodos de tiempo, sobre todo entre las 10.00 y las 15.00 horas (en verano). La exposición excesiva al sol nos hace sentir muy acalorados y molestos y nos quema la piel. Para evitar quemarnos y para sentirnos mejor, nuestro instinto natural nos llevará a buscar un lugar sombreado o a darnos una ducha refrescante. Sin embargo, los protectores solares interfieren en esta respuesta natural del cuerpo a la luz solar.

Los protectores solares bloquean los rayos UV de dos maneras: o bien con un filtro físico, como polvos de talco, óxido de titanio u óxido de zinc o bien con un filtro químico, entre cuyos componentes están el metoxicinamato, el ácido p-aminobenzoico, la benzofenona y otros agentes que absorben ciertas frecuencias de rayos UV del sol mientras que dejan pasar otras. Las lociones de protección solar que condenen ácido paraaminobenzoico (PASA), por ejemplo, no sólo anulan los efectos terapéuticos y curativos de la luz solar, sino que además pueden producir daños genéticos en la piel. Un reciente informe, hecho público por la FDA de Estados Unidos revela que 14 de 17 cremas bronceadoras que contienen PABA pueden ser cancerígenas. Otras investigaciones han demostrado que el PABA ocasiona mayores daños genéricos en el ADN de las células cutáneas mientras se toma el sol. Esas alteraciones de los genes y los cromosomas anulan la capacidad de las células para aurorreproducirse como es debido. Los rayos UV dañan el ADN en presencia del PABA, pero atribuir este efecto a los rayos UV equivale a decir que el oxígeno es peligroso porque al reaccionar con átomos de carbono se transforma en un producto de desecho nocivo para nuestra sangre.

La mayoría de los protectores solares protegen contra los rayos UVA, UVB o ambos.3 Todos tienen, además, un factor de protección solar (FPS) que indica la duración de la protección frente a las quemaduras en comparación a la exposición solar sin loción protectora. Así, por ejemplo, un FPS 15 indica que la protección durará 300 minutos en las personas que normalmente pueden estar al sol sin quemarse durante 20 minutos. Los FPS se aplican únicamente a la protección frente a los rayos UVB, no frente a los rayos UVA, pero como la efectividad de esas cremas desaparece bastante antes del tiempo calculado, los crédulos bañistas se aplican continuamente sobre la piel enormes cantidades de esos venenos químicos. La piel no es de plástico, sino que está formada por células vivas. La constante guerra bioquímica que se libra en la superficie de la piel incide en sus propios mecanismos de protección, los destruye y hace que la piel sea susceptible de sufrir daños permanentes y experimente un crecimiento anormal de sus células. Tales sospechas han aconsejado eliminar algunos productos químicos contenidos en las cremas de protección solar, como el 5-metoxipsoraleno.

Pero el principal problema del uso de filtros solares es que hacen que las personas que toman el sol lo hagan durante mucho más tiempo que lo que normalmente sería prudencial. Un informe médico británico, realizado en junio de 1996 y publicado como artículo de cabecera en la prestigiosa revista British Medical Journal, señalaba que el uso de protectores solares podía provocar más casos de cáncer de piel porque inducía a tomar el sol durante más tiempo. Su uso puede posponer muchas horas la aparición de quemaduras por insolación. Muchas personas creen que las cremas de protección solar son beneficiosas, cuando en realidad ponen su vida en peligro. Los médicos que elaboraron este informe citaban estudios realizados en 1995 en Europa occidental y en Escandinavia, en los que se demostraba que las personas que utilizaban con frecuencia las cremas de protección solar sufrían índices de cáncer de piel desproporcionadamente más elevados. El informe dice: «Los protectores solares sólo protegen contra los rayos ultravioleta B y, por tanto, comportan una mayor exposición a los rayos ultravioleta A (UVA) que la que se produciría de otro modo». En otras palabras, hay muchas personas que se exponen mucho más a los rayos UVA de lo que harían si no utilizaran ninguna loción solar. Las quemaduras solares, en realidad, son la respuesta defensiva natural del organismo contra un daño mayor, como el cáncer de piel.

Sin protección solar, la piel empieza a picar de un modo desagradable cuando se expone excesivamente al sol. En cambio, cuando se utilizan cremas no se aprecia si el cuerpo ya ha recibido suficiente sol, pues la primera línea de defensa –La quemazón insoportable– ha quedado alterada, la exposición excesiva a los rayos UVA combinada con agentes químicos nocivos externos y, tal vez, con toxinas internas, constituye una fórmula perfecta para dañar las células cutáneas y causar tumores. En condiciones normales (sin protección solar), una persona nunca tomaría demasiados UVA, incluso aunque permaneciera tumbada al sol durante muchas horas; aunque se quemara la piel debido a la exposición excesiva a los rayos UVB, aun así seguiría estando protegida frente a un exceso de rayos UVA.

Como descubrió el doctor Ackerman, si bien las quemaduras solares pueden alterar temporalmente las funciones inmunológicas y dañar la piel, no existen pruebas de que causen cáncer de piel. El informe de British Medical Journal concluía que los expertos médicos «apenas saben algo de la relación existente entre las quemaduras causadas por el sol y el cáncer de piel». Esta afirmación se refiere a todos los tipos de cáncer de piel, especialmente al más letal de todos: el melanoma. A pesar del número ingente de investigaciones que se han llevado a cabo sobre el cáncer de piel, no existe ningún indicio de que el melanoma maligno tenga que ver con la exposición a los rayos UV. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que los filtros solares no sólo no protegen la piel frente al cáncer, sino que, por el contrario, lo estimulan al ampliar la absorción de rayos UVA. De ahí que los filtros solares sean mucho más peligrosos de lo que jamás podría llegar a ser la luz solar.

Queda la pregunta de si los filtros solares concebidos para captar tanto la radicación UVA como la UVB pueden resolver los problemas. La investigación científica ha demostrado que tampoco previenen el cáncer de piel. En primer lugar, la piel se ve sometida al ataque ácido que se produce al aplicar la crema. En segundo lugar, al captar los rayos UVA y UVB, el cuerpo se ve privado de los rayos solares más importantes que le permiten mantener la necesaria capacidad inmune y otros numerosos procesos fundamentales. El cuerpo necesita los rayos UVB, por ejemplo, para sintetizar la vitamina D, sin la cual no podríamos sobrevivir. ¿Es extraño, por tanto, descubrir que hoy en día haya muchas personas que sufren cáncer de piel sin apenas haber estado nunca expuestas a la luz solar?

La falta de luz solar: una trampa mortal

Desde hace varias décadas se sabe que las personas que viven la mayor parte del tiempo al aire libre, en grandes altitudes o cerca del ecuador, tienen la menor incidencia de cáncer de piel. Y como se desprende de esos datos, las personas que trabajan con luz artificial tienen la mayor incidencia en ese tipo de cáncer. En un estudio realizado con personal de la marina de guerra estadounidense entre 1974 y 1984, los investigadores descubrieron que los marineros que desempeñaban tareas en lugares cerrados tenían una mayor incidencia de cáncer de piel que los que trabajaban al aire libre. Los que trabajaban tanto en lugares cerrados como al aire libre resultaron ser los menos afectados, ya que su tasa de incidencia de cáncer de piel era un 24 % inferior a la media nacional estadounidense. Puesto que ninguno de los marineros pasaba todo el día en el exterior, no se pudo determinar si estar durante todo el día al aire libre comportaba la protección más alta.

Es interesante destacar que algunas de las ciudades más cálidas de Estados Unidos, como Phoenix, en Arizona, tienen los índices más altos de cáncer de piel, pero no porque sus habitantes expongan su piel excesivamente al sol… El calor extremo durante la mayor parte del año hace que gran parte de la población permanezca dentro de los edificios durante el día. Además, el aire seco y caliente del exterior y el aire seco y frío que suministran los aparatos de aire acondicionado en el interior de los hogares, las oficinas y los automóviles eliminan la humedad de la piel y la dejan casi totalmente desprovista de su protección natural frente a los elementos, hongos y bacterias. Incluso durante la noche, debido al aire acondicionado, la piel apenas puede respirar aire húmedo natural. La deshidratación de la piel reduce notablemente su capacidad de eliminar residuos nocivos de los tejidos conectivos y otras partes del cuerpo. Además, la piel deshidratada absorbe con avidez los productos químicos que contienen la mayor parte de las cremas hidratantes y solares, que se utilizan con mayor frecuencia en lugares secos y calurosos como Phoenix. Todo ello puede debilitar y dañar progresivamente las células cutáneas, que en muchos casos se vuelven cancerosas.

El promedio de horas que los norteamericanos que residen en las ciudades pasan en el interior de los edificios es de unas veintidós horas al día y la mayor parte de ese período utilizan luz artificial. También los niños pasan cada vez menos tiempo en contacto con la naturaleza y más en el interior de las casas, en el colegio, frente al ordenador y el televisor. Durante el invierno, gran parte de la población urbana trabajadora apenas ve la luz del día, a no ser a través de las ventanas, cuyos vidrios reflejan los rayos UV. La luz incandescente tiene un ancho de banda reducido en comparación con la luz solar y se sabe que la exposición a ella debilita la inmunidad natural del organismo. (Un estudio realizado en Rusia mostró que los obreros expuestos a rayos UV durante el horario laboral se acatarraban hasta un 50 % menos.) Un sistema inmunológico debilitado no puede defenderse adecuadamente de ninguna enfermedad, incluido el cáncer de piel.

La investigadora Helen Shaw y su equipo llevaron a cabo un estudio sobre el melanoma en la Facultad de Higiene y Medicina Tropical de Londres y en la Clínica de Melanoma del Hospital de Sydney. Descubrieron que los administrativos tenían una incidencia de este cáncer mortal dos veces mayor que las personas que trabajaban al aire libre. Los resultados de este estudio se publicaron en la revista médica Lancet en 1982. La doctora Shaw demostró que quienes pasan la mayor parte del tiempo al aire libre corren de lejos un riesgo mucho menor de desarrollar un cáncer de piel. En claro contraste con las personas que vivían o trabajaban al aire libre, los oficinistas que pasaban la mayor parte del día en sus puestos de trabajo expuestos a la luz artificial tenían un mayor riesgo de desarrollar melanomas. La doctora descubrió, asimismo, que las lámparas fluorescentes originan mutaciones en los cultivos de células animales.

El trabajo de investigación de la doctora Shaw mostró que, tanto en Australia como en Gran Bretaña, los índices de melanoma eran mayores en los profesionales y en los administrativos y menores en la gente que trabajaba al aire libre. Dicho de otro modo, australianos y británicos, así como el resto de todos nosotros deberíamos pasar más tiempo en el exterior, allí donde hay rayos UV en abundancia. Otros estudios similares que se llevaron a cabo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York confirmaron y completaron los resultados obtenidos por la doctora Shaw.

Las personas afrocaribeñas de piel y cabello morenos o negros pueden pasar mucho tiempo al sol sin quemarse. Raramente sufren cáncer de piel cuando viven en sus lugares de origen, donde la radiación solar es muy abundante. Su piel rica en melanina filtra muchos de los rayos UV, pero deja pasar suficientes rayos beneficiosos. El problema surge cuando se trasladan a países de clima más moderado o frío, como el Reino Unido o Suecia, donde han de exponerse al sol durante más tiempo que las personas de tez pálida a fin de mantener sus niveles de vitamina D. En Estados Unidos, un 42 % de las mujeres afroamericanas en edad fértil sufren deficiencia de vitamina D. Si las personas de piel más oscura no consiguen esa dosis complementaria de luz solar, son ellas las más propensas a desarrollar cáncer de piel. La razón de tener un mayor riesgo de sufrir cáncer de piel no es que reciban demasiada luz solar, sino muy poca.

Corroborando anteriores hallazgos de que la vitamina D ayuda a prevenir el cáncer, la revista American Joumal of Clinical Nutrition publicó en junio de 2007 el primer estudio amplio controlado con placebo sobre el cáncer y la vitamina D. En él se mostraba que la vitamina D puede reducir el riesgo de contraer cáncer hasta en un 60 %. El estudio englobó a cerca de 1.200 mujeres de 55 de edad en adelante, a las que se hizo un seguimiento durante cuatro años. Las mujeres se dividieron en dos grupos; a un grupo se le administraron suplementos de calcio y de vitamina D y el otro recibió un placebo. El primer grupo tuvo un 60 % menos de riesgo de contraer cualquier tipo de cáncer en comparación con el grupo del placebo.

Este estudio se vio confirmado por los resultados de las investigaciones de la Universidad de Stanford. La exposición al sol puede reducir el riesgo de contraer cáncer de mama, según un nuevo estudio publicado el 12 de octubre de 2007 en el American Joumal of Epidemiology. El estudio se realizó con 4.000 mujeres de 35 a 79 años de edad y evaluó los efectos de la exposición prolongada al sol. Se descubrió que las mujeres de piel clara que habían tomado mucho el sol tenían la mitad de probabilidades de desarrollar un cáncer de mama avanzado (cáncer que se ha extendido más allá de las mamas) que las mujeres que se habían expuesto poco al sol. En otras palabras, cuanto más tomen el sol de modo regular, menos posibilidades tienen las mujeres de desarrollar cáncer de mama o de otro tipo.

La Sociedad de Lucha contra el Cáncer de Canadá, en respuesta a los más recientes estudios sobre el cáncer, recomienda actualmente a todos los adultos la vitamina D; es la primera vez, que un organismo oficial de la sanidad pública aconseja la vitamina como terapia preventiva del cáncer. Aunque la vitamina D se encuentra en algunos alimentos y complementos, alrededor de un 90% de ella la produce el cuerpo en respuesta directa a la exposición solar. De hecho, la manera más efectiva y rápida de obtener la máxima cantidad de esta vitamina que previene el cáncer es tomar el sol. Si bien el contacto directo con la luz solar previene el cáncer y otras muchas enfermedades desde hace miles de años, la industria farmacéutica actual lo desaconseja e incluso advierte contra él.

Como es frecuente, las teorías médicas que se basan en una mera sintomatología no explican las causas de la enfermedad. En realidad, es más que probable que hagan que uno enferme. No hay que hacer caso de los consejos de ningún médico, empresa u organización que quieran protegernos de una supuesta amenaza cuando al mismo tiempo están intentando vendernos alguna otra cosa, como cremas de protección solares.

[hr]2. Aunque el melanoma ha aumentado su incidencia en las poblaciones de piel pálida (que utilizan cremas protectoras) de todo el mundo, no se ha producido un incremento equivalente en las poblaciones de piel oscura, en las que la incidencia es tan sólo de una décima a una tercera parte. La piel de esas personas tiene mayor cantidad de melanina, que les protege, pero también es cierto que pasan mucho más tiempo al aire libre expuestos a concentraciones de rayos UV que suelen ser más altas.
3. De los tres tipos de rayos ultravioleta, los rayos UVA son principalmente responsables de la respuesta del bronceado de lo piel, los rayos UVB activan las síntesis de la vitamina D, primordial para la absorción del calcio y otros minerales, mientras que los rayos UVC, casi totalmente absorbidos por las capa de ozono de la Tierra, son germicidas y eliminan bacterias, virus y otros gérmenes patológenos.

[divider]Leer la primera parte de Los secretos curativos del sol. Parte 1.

Continuar leyendo la tercera parte de Los secretos curativos del sol. Parte 3.

[divider]Fuente: Libro “Los secretos eternos de la salud” de Andreas Moritz. Ediciones Obelisco. Capítulo 8 págs. 350 a 375.

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