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Sana sana. La industria de la enfermedad

El libro que explica por qué los medicamentos nos pueden matar y denuncia el alarmante negocio de la industria farmacéutica.

Monica Müller¿Somos conscientes de que los medicamentos nos pueden matar? De todos los casos de intoxicación aguda que se atienden en los hospitales públicos de la Argentina, la segunda causa después del alcohol son los medicamentos.

Los argentinos somos el objeto deseado de un negocio fenomenal: la industria farmacéutica. Los laboratorios se escudan detrás de prospectos escritos con un vocabulario que sólo entienden los expertos, que hay que leer con lupa, y de la leyenda “consulte a su médico”. Con la publicidad como aliada, nos empujan a ocultar los síntomas de una simple gripe, a silenciar nuestros cuerpos para poder ir a trabajar y cumplir así, como dice la autora, con el Gran Mandato: producir y consumir. Pero, ¿qué producen los medicamentos en nuestros cuerpos?

¿Sabías que una aspirina altera la coagulación sanguínea durante siete días? ¿Y que dos aspirinas multiplican el riesgo de provocarte una hemorragia de consecuencias fatales? Los antigripales pueden desencadenar gastritis, úlceras o una grave hemorragia digestiva. Una persona tratada con ciertos antidepresivos o drogas para el Parkinson puede tener una crisis de hipertensión grave por tomar un antigripal de venta libre.

En los Estados Unidos, donde se llevan este tipo de estadísticas, los efectos adversos de los medicamentos son causa de dos millones de cuadros serios y más de 100.000 muertes de pacientes internados por año. Es la cuarta causa de muerte. La Organización Mundial de la Salud alertó que el abuso de antibióticos está provocando que muchas infecciones sean intratables.

Sana sana denuncia por primera vez en la Argentina el preocupante negocio de los laboratorios y sus profesionales especializados: inventar enfermedades con el objeto de ampliar el mercado hasta que todos seamos enfermos. Mónica Müller, prestigiosa médica y ex publicista, cuenta con una experiencia única para revelar esta situación alarmante. Sana sana es un libro riguroso y de lectura obligatoria. ¿Vas a seguir tomando ese antigripal que parece tan inofensivo?

Nota y entrevista (Telam):

El libro “Sana sana”, de la médica homeópata Mónica Muller, denuncia el rol de la industria farmacéutica en la construcción de un cambio de percepción social y cultural “que nos obliga a silenciar las expresiones naturales de nuestro cuerpo y a consumir las drogas que el negocio de la enfermedad diseña para lograrlo”, sintetiza.

Recién publicado por Sudamericana, el volumen describe minuciosamente un cambio de paradigma que se ha operado en las últimas décadas, motorizado por una industria empeñada por imponer en el mercado “productos superfluos para enfermedades inexistentes”.

A esto se suma el abandono de una concepción integral del paciente por parte del médico, que hoy desde cualquier prepaga tarda diez minutos en elaborar un diagnóstico o encargar diversos estudios.

Con un abordaje meduloso -“para un tema muy complejo”- Muller describe las caracterí­sticas de un universo en mutación que trajo grandes beneficios pero también muchí­simos problemas, ante los cuales la labor del Estado “es incansable pero todaví­a insuficiente”.

Este silenciamiento del cuerpo ¿se da de una manera taxativa?
Ninguna generalización es totalmente válida; sí­ hay una tendencia muy clara y lo veo en la vida diaria donde esta relación con los fármacos de los laboratorios es muy fuerte. Todas las drogas que usamos, comunes, alopáticas, son contra algo: analgésico, antitodo, antimanifestaciones del cuerpo y a eso se orienta la industria. Aparece un dolor y enseguida se toma un corticoide, un antiinflamatorio, un analgésico, eso nos lo ha instruido la industria farmacéutica. Frente a una gripe en 40 minutos hay que estar curado, ni siquiera te lo pueden prometer, porque un virus dura dí­as pero acallan los sí­ntomas para que nadie se de cuenta que estás con una gripe.
Es muy impresionante cuando los pacientes llaman a los médicos, le presentan algún sí­­ntoma -“me duele la cabeza, tengo diarrea, el colesterol alto”- y no preguntan qué hago sino qué tomo, para cualquier dolencia hay un remedio.
¿Pensás que es posible recuperar esa visión integral del paciente, que fue en gran parte suplantada por los especialistas?
Es una visión que tenemos los médicos homeópatas u otros médicos convencionales, que son sensatos y resisten la presión de los laboratorios y de la sociedad. Entre los pediatras está empezando a haber más conciencia, no llenan a los chicos de remedios.
Muchí­simos médicos consideran que la mejor forma de prevención para estabilizar la presión, controlar el colesterol -algo que está medido por estadí­sticas serias- es caminar una hora por dí­a; comer sobre todo vegetales o dieta mediterránea, acciones que mejoran los parámetros y previenen la enfermedad cardiovascular, bajan el colesterol. Mucho más efectivo que tomar medicamentos. Uno se confronta con el peso de la televisión, las propagandas, el delivery, el médico, el ¿qué tomo? del paciente, la presión de la industria en todo momento. Es un problema cultural, muy complejo.
Sí­, el tema cultural sobrevuela en todo los procesos, marcás por ejemplo que hoy no se puede estar triste o deprimido…
Claro, si una mujer no está arreglada, pintada, se ve mal, provoca rechazo. Hay una presión de la sociedad que no lo permite, tanto psicoanalistas y médicos homeópatas vemos todo el tiempo cómo los sentimientos amordazados causan enfermedades.
¿Qué cosas han mejorado a través de los años?
La gente hoy vive más… como dice el dicho `no hay que tirar el agua sucia con el chico adentro`. No adhiero a las ideas conspirativas contra los laboratorios, si no existieran los antibióticos -que están dejando de hacer efecto-, los corticoides y otras drogas que son vitales volverí­­amos a la Edad Media. Hay que entender y reconocer el valor de esas drogas maravillosas creadas por la biologí­a médica, cuidarlas y utilizarlas cuando realmente sea necesario. Y también el dí­a que las medicinas alternativas y la convencional caminen a la par, colaboren entre sí­, se va a producir un gran avance.
La lectura del libro lleva a ver la magnitud de los problemas que se suscitan pero también la dificultad para resolverlos…
Hay que debatir qué es aceptable y que no: es una locura que haya publicidad de aspirina que te puede matar, como la venta libre de antibióticos o los médicos que indican una droga y son socios en el laboratorio donde la fabrican…
¿Cómo trabaja el Estado en la prevención de las enfermedades?
Estos años ha habido un trabajo magní­­fico que indirectamente incide sobre la salud; hasta las rutas, las viviendas, todo lo que se ha construido, las redes de agua potable que se han instalado, es enorme lo que se ha hecho pero totalmente insuficiente porque vení­amos del desastre.Lo que queda es la infraestructura y la instrucción de la gente, un tema con el que el Ministerio de Salud ha trabajado muy bien. Lavarse las manos, ventilar, insisten con eso; ahora si le decí­s esto a alguien que vive en un pueblo del interior sin agua corriente, sin  cloacas, no estás haciendo prevención primaria que es lo principal.
Al hablar de la prevención, un tema que surge es el de las vacunas,  se sabe -no es mi opinión- que no es lo más efectivo, salvo que aparezca una epidemia.Algunas, como la del cáncer de cuello (HPV) es contra un virus en el cual dos cepas pueden llevar a un cáncer pero unido a asuntos como el inicio de relaciones sexuales muy tempranas, tener más de cinco hijos o múltiples parejas sexuales, el tabaquismo.Hablan de la necesidad de hacerse el Papanicolao, pero las que se mueren de cáncer de cuello, viven en las zonas más pobres del país y no ven un ginecólogo en su vida. El Estado tiene que generar condiciones para que todas las mujeres se puedan hacer este estudio. Esto es prevención, no vacunar por vacunar, un tema que requiere debate.
¿Cuál fue tu prioridad al escribir el libro?
Poner en foco lo que se sabe pero no se proyecta en la vida diaria. Les duele una uña y se clavan un ibuprofeno en vez de poner el dedo en agua con sal. La utilidad del libro es que la gente lo lea y antes de comprar un remedio piense si no es mejor tomar un té con miel y quedarse en la cama. Me gustarí­a que ocurra eso.
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Por qué queremos a los perros pero nos comemos a los cerdos

Un libro cuestiona el sistema de creencias que nos impulsa a comer ciertos animales. La psicóloga Melanie Joy ha acuñado el término ‘carnismo’ para denominarlo. Cada año 10.000 millones de animales mueren en EEUU para el consumo humano.

Un perro, en un matadero en China.

Un perro, en un matadero en China.

Imagine que unos amigos le invitan a su casa a cenar. El plato principal es un estofado de carne que huele fenomenal y está delicioso. Mientras lo disfruta le pregunta a sus anfitriones por la receta. “Coges un kilo de carne de Golden retriever, marinada desde la noche…”, le contesta su amigo. “¿¿Golden retriever?? “Si usted es como la mayoría de las personas que viven en Occidente, probablemente se sentirá mal ante la idea de estar comiéndose un perro cocinado”. Incluso sentirá asco, “porque los perros no se comen”.

Si sus anfitriones le dicen que es una broma, y que en realidad han servido un estofado de ternera ¿seguiría comiendo? ¿se sentiría mejor? Probablemente sí, porque “si usted es como la mayoría de las personas, cuando se sienta ante un estofado de ternera no ve la imagen del animal del que procede la carne. Sólo ve “comida”, por lo que se centra en el sabor, en el aroma y en la textura”. Así comienza la psicóloga estadounidense Melanie Joy su reflexión sobre por qué nuestra cultura nos permite comer algunos animales sin contemplaciones, mientras nos insta a que consideremos otras especies como mascotas y, como consecuencia de ello, la idea de causarles sufrimiento nos causa malestar.

Una reflexión que resume bien el título de su libro, Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (Editorial Plaza y Valdés, colección Liber Ánima), que acaba de ser publicado en castellano y recoge las investigaciones que la autora realizó durante su tesis doctoral. “Comer animales o no hacerlo es una tema de justicia social”, afirma Melanie Joy durante su visita a Madrid, donde ha presentado la versión en español de esta obra que fue publicada en EEUU en 2010.

La decisión de comer carne

Melanie Joy ha acuñado un término, el carnismo, para denominar “el sistema de creencias que nos condiciona a comer unos animales determinados”. Y es que, según sostiene, “en la mayor parte del mundo actual las personas no comen carne porque lo necesitan, sino porque deciden hacerlo. Y las decisiones siempre se derivan de las creencias”.

“El carnismo es un sistema de creencias invisible y el trabajo de Melanie Joy está permitiendo darle visibilidad. Una vez que conocemos este sistema tenemos la libertad de decidir”, explica Javier Moreno, de Igualdad Animal, la organización de defensa de los derechos animales a la que irán destinados los beneficios de la venta de esta obra.

Joy, profesora de psicología y sociología en la Universidad de Massachusetts (Boston, EEUU), es vegana, es decir no consume ningún producto de origen animal (ni alimentos, ni prendas de vestir ni asiste a espectáculos en los que se usen animales). Pero no siempre fue así. Según confiesa, cuando era adolescente disfrutaba comiendo todo tipo de alimentos y era una fanática de la pizza con cuatro tipos de carne y extra de queso. “Como la mayor parte de la gente, me gustaban los animales y no quería que sufrieran aunque yo misma participaba en un sistema que cometía atrocidades y que iba en contra de mis valores. Cuando comía animales dejaba atrás la empatía”, reflexiona.

Allá por 1999, cuando tenía 23 años, se puso enferma tras consumir una hamburguesa en mal estado. Tal fue la indigestión que acabó en el hospital: “A partir de entonces dejé de comer carne, me empezó a dar asco. Poco a poco comencé a interesarme por la información que siempre había estado ahí y supe que hay millones de animales que están sufriendo de manera completamente innecesaria. Me di cuenta de que yo había contribuido al problema y quise ser parte de la solución”, recuerda.

Melanie Joy y Javier Moreno, de Igualdad Animal, durante la presentación del libro en Madrid.

RUTH MONTIEL

Su transición hacia el veganismo, relata, fue paulatina: “Primero dejé de comer carne, luego huevos y leche…” Hasta que con los años se convirtió en vegana. “No necesitamos carne para sobrevivir, ni siquiera para mantenernos sanos”, asegura Joy, que en su libro pone como ejemplo “a los millones de vegetarianos sanos y longevos que así lo han demostrado” y defiende una dieta varieda y la ingesta de proteínas de origen vegetal para satisfacer las necesidades nutricionales del cuerpo. A sus ojos, beber leche o comer huevos es tan desagradable como para cualquier occidental puede resultar comer carne de perro.

Nada menos que 10.000 millones de animales mueren cada año sólo en EEUU para el consumo humano, una cifra que se doblaría si incluimos las especies animales marinas destinadas a la alimentación. En su obra, Joy también denuncia las duras condiciones de trabajo a la que están sometidos muchos de los trabajadores de explotaciones ganaderas y de la industria cárnica en EEUU, a los que denomina “las otras víctimas del carnismo”.

Durante la investigación que realizó para su tesis doctoral, la psicóloga entrevistó a todo tipo de personas: veganos, vegetarianos, carniceros, personas que trabajaban en la industria de la carne… Todos ellos, afirma, compartían una experiencia parecida sobre la consideración de especies como animales de compañías o aptos para el consumo.

Las tres N: Normal, natural y necesario

“El carnismo nos enseña a no pensar, a no sentir nada hacia estos animales. Comer carne se considera un hecho, no una elección”, asegura. Y este convencimiento, continúa, se ha logrado gracias a un sistema que justifica el consumo de carne a través de la repetición de lo que ella denomina las tres N: comer carne es normal, natural y necesario. Las mismas n que, según denuncia, se han usado a lo largo de la historia para permitir y justificar la esclavitud, el racismo o la dominación masculina. Y es que para Joy “el carnismo es una ideología violenta, un sistema de presión, un mecanismo que distorsiona nuestra relación con los animales”.

“La mayoría de nosotros creemos que comer carne es natural porque el ser humano caza y consume animales desde hace miles de años. Y ciertamente, la carne ha formado parte de nuestra dieta omnívora durante al menos dos millones de años. Pero el infanticidio, el asesinato, la violación y el canibalismo son, como mínimo, tan antiguos como el consumo de carne y, por tanto, podríamos argumentar que también son naturales. Pero no apelamos a la historia de estas conductas para justificarlas”, defiende en su libro.

Naturalmente, en otros países la percepción que tienen sus ciudadanos sobre qué animales son comestibles es distinta a la nuestra y para ellos también sería impensable ingerir algunas de las especies habituales en nuestra dieta. Por ejemplo, la vaca es sagrada en India, mientras que en otros países los insectos se consideran una importante fuente de proteínas y su consumo es habitual. En algunas zona de Asia, como China y Vietnam, muchos ciudadanos comen perros sin miramientos, a pesar de que también allí es frecuente tenerlos como animal de compañía. Como destaca Javier Moreno, “distinguen entre los perros que van a destinarse al consumo humano y los que se consideran mascotas”.

Joy, que lleva tres años viajando por el mundo y explicando en foros internacionales qué es el carnismo, está convencida de que la mayor parte de la gente no es consciente de las terribles condiciones en las que viven los animales destinados a convertirse en alimentos. Por ello, la autora se muestra satisfecha por el descenso del consumo de carne que se ha registrado por primera vez en EEUU, donde cada ciudadano come aproximadamente 100 kilogramos de carne al año. No obstante, en su opinión este descenso no es sólo atribuible a una mayor concienciación sobre el sufrimiento de los animales, sino también a que la gente cada vez es más consciente de los contaminantes que ingiere cuando toman carne: “Suele estar aderezada con hormonas sintéticas, dosis masivas de antibióticos, pesticidas, herbicidas y fungicidas tóxicos”, denuncia en su libro.

La autora confía en que su obra, que ha sido traducida a nueve idiomas, contribuya a que la gente se detenga unos instantes y reflexione sobre por qué comemos algunas especies animales y otras no. Tener información sobre las condiciones en las que viven millones de animales destinados al consumo humano, sostiene, les ayudará a decidir de forma consciente y con libertad: “Sin conciencia no hay elección libre”, afirma. Porque, como dice la cita de Mahatma Gandhi que ha escogido como apertura de su libro, “podemos medir la grandeza y el progreso moral de una nación por el modo en que trata a sus animales”.

Fuente: www.elmundo.es

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Malcomidos

Los alimentos y la alimentación son el tema en el que confluyen los conflictos más relevantes de esta época: la corrupción, el delito, la experimentación científica, la especulación financiera, la debilidad del Estado ante las corporaciones, el cambio climático, el desequilibro ecológico y las convulsiones sociales. Mientras la Argentina se promociona como la góndola del mundo, el avance sideral de la soja que parece cubrirlo todo es apenas el fenómeno más visible y polémico de una transformación que está cambiando como nunca el país, modificando la comida, el modo en que se la produce y el efecto que tiene sobre nosotros. Feedlots en la pampa húmeda, criaderos en Entre Ríos, plantaciones en el Gran Buenos Aires, desmontes en Chaco, puertos en Chile y el Litoral, poblaciones devastadas en todo el país. Después de recorrer durante dos años los escenarios de este nuevo mapa, Soledad Barruti despliega una investigación rigurosa y a la vez inquietante que explica por qué estamos mal comidos, peor encaminados, pero todavía a tiempo.

malcomidos

Más información en: https://www.facebook.com/MalcomidosOficial

(Aclaro que el libro no excluye el consumo de animales ni sus derivados, pero destaco que hecha luz sobre las aberrantes prácticas de la industria alimentaria, que no está de más conocerlas. Además es argentina.)

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Comer animales

Cuando Jonathan Safran Foer iba a convertirse en padre empezó a preocuparse por la forma más responsable de alimentar a su hijo. ¿Cuáles son las consecuencias de comer animales para la salud? ¿Cuáles los efectos económicos, sociales y ambientales de hacerlo? Mezclando con maestría filosofía, literatura, ciencia y la narración de sus propias aventuras detectivescas, Comer animales explora el origen de nuestros hábitos alimenticios: desde las costumbres nacionales a las tradiciones familiares, pasando por una atroz falta de información. Con una profunda perspicacia, un equilibrado sentido ético y una creatividad desbordante, Safran Foer revela la espeluznante verdad sobre el precio pagado por el medio ambiente, el Tercer Mundo y los animales para que podamos tener carne en nuestras mesas.

A consecuencia del nacimiento de su primer hijo, Foer se planteó la cuestión del origen de la comida que tanto él como su familia consumían a diario, especialmente los alimentos de origen animal. Para encontrar la respuesta a esta pregunta, Foer investiga las prácticas habituales de la ganadería y de la pesca comercial, centrandose en particular en las condiciones de los mataderos de los Estados Unidos y en la práctica de la sobrepesca. Durante su investigación, Foer se encuentra con numerosas prácticas que desaprueba –por ejemplo, el hecho de que los pescadores de gambas de Indonesia llegan a matar unos 58 kg de animales marinos por cada kilogramo de gambas que capturan; de la misma manera, Foer denuncia que, en los mataderos estadounidenses, uno se encuentra de manera habitual con animales que han sido degollados, desollados, y desmembrados mientras permanecían vivos y conscientes. Profundizando aún más en las prácticas de la industria ganadera estadounidense, Foer denuncia que las pobres condiciones higiénicas que sufren los animales contribuyen a las difusión de enfermedades que afectan a los humanos, –por ejemplo, la gripe aviar H1N1, que se originó en un establo de Carolina del Norte, o la salmonela, que llega a contaminar el 98% de los pollos que se ponen a la venta en los Estados Unidos.